¿Qué es lo realmente importante para ti?

Cuando en algún momento de tu vida decidiste ser madre y un tiempo después tenías a tu hijo entre tus brazos, le veías la carita y le podías tocar, sentir, abrazar, probablemente fue uno de los momentos más felices y alegres de tu vida y seguramente de los más importantes que has vivido..

Todos tus sueños, anhelos, esperanzas … y todo tu amor, los depositaste en esa criatura.. 

Solo quieres  ver crecer a tu hijo sano y feliz.

Pero quizás, nadie te habló de las dificultades, las preocupaciones, los miedos e inseguridades e incluso las frustraciones que, en ocasiones, van surgiendo a los largo de los meses y años, ni de los momentos de cansancio y hasta agotamiento físico y mental. Y sí, esos momentos también existen y se tienen.  

No todo resulta tan idílico como creíamos al principio de nuestra aventura de ser madre. A la película que nos contaron le faltan trozos del guión. Es probablemente la experiencia más bella si la vives desde el Amor, con mayúsculas, ese amor incondicional puro; y también es posiblemente la experiencia más difícil.


¿Has pasado por alguna de estas etapas?

Cuando tu hijo es un bebéporque lo es y casi todo te da miedo porque es muy pequeño. Si además eres primeriza, te puedes sentir juzgada constantemente en tu valía como madre y parece que todo el mundo a tu alrededor tiene el derecho de opinar, menos tú: si le das teta porque se la das y, si encima se la das más mayorcito ya ni te cuento; si no se la das porque no se la das y siempre hay alguien que se la dio y mira que bien  le fue;  si le coges, porque lo haces y lo vas a malcriar y si no le coges porque no lo haces y no le atiendes bien;  si duerme poco o si duerme mucho,  y …. bueno, podría no acabar.

Crece y lo consideramos preescolar : no para quieto, lo coge todo, se mete y se sube por todos lados (tiene que descubrir el mundo más allá de nosotros). Muchas veces es la época de los primeros accidentes y no podemos quitarle un ojo de encima. Requiere mucha de nuestra atención. Además, parece que se alimenta del aire, no come nada. Y si va a guardería, ya ni os cuento, porque va empalmando un proceso con otro y parece que siempre está malo. Esto te genera ansiedad, porque si no puedes llevarle a la guardería, si no tienes abuelos o alguien de confianza con quien dejarle, y ya has faltado al trabajo antes…¿qué haces?. Mentalmente esto agota.

Cuando ya es más mayor  y está en el cole suele ser una etapa más tranquila desde la perspectiva de la salud física,  pero a veces aparecen otros problemas: que si le cuesta aprender, que si no está atento y se distrae mucho, que si no para quieto… O les apuntas a tantas actividades extraescolares que ni a ellos ni a ti os da la vida para más. 

Y  llegan a la adolescencia y ... ¡qué te voy a contar!: sus amigos son su mundo y su vida, y ¿"qué amistades tiene?", "¿beberá o fumará?", "¿o acaso tomará otras drogas?", "¿por qué se comporta o habla así?", "¡se pasa el día enganchado al móvil o al ordenador!", le acosan en el colegio, no sabe qué estudiar o sencillamente no quiere hacerlo… ¡¡Otro sin vivir!!


Pilas agotadas: incertidumbre

Si a todo esto, que la mayoría de las veces son dificultades en la crianza, añadimos momentos en los que se ponen enfermos, la angustia aumenta: a veces el miedo te paraliza o no sabes cómo actuar, no dispones de tiempo o las distancias son grandes para poder acudir a la consulta de tu pediatra o simplemente no tiene cita disponible.

La mayoría de las veces, las madres como tú o yo, trabajemos fuera de casa o no, somos las que nos ocupamos más de atender a nuestros hijos.

Afortunadamente cada vez más padres se implican en el cuidado de los hijos y eso está genial.

Pero la carga mental del cuidado de un hijo (ocuparte de la alimentación, la ropa, el colegio, las actividades, si se pone enfermo, etc) la seguimos llevando las madres y esto gasta mucha,  mucha energía y agota las pilas.

Y ese cansancio, ese agotamiento, en ocasiones, acaba poniéndo en duda  “tu sentirte capaz del cuidado de tu hijo”. 

Ya no es que te juzguen los demás,  es que te juzgas tú misma (y generalmente somos más duros que ellos).

Todos queremos que nuestros hijos crezcan sanos y felices. Pero entonces… ¿cómo hacerlo?

La experiencia de más de 20 años como pediatra y 17 como madre no me han librado de encontrarme en algunas de esas situaciones y de ver a muchas madres, en otras similares.

En lo que respecta a la salud de nuestros hijos, al final, casi todo se reduce al miedo a la incertidumbre (como otras tantas cosas en la vida), el miedo a no saber y a no saber si sabré hacerlo bien. 

¡Claro que los queremos ver crecer sanos y felices!. ¡Ellos son lo que más queremos en este mundo! ¡Y claro que podemos sentir miedo porque les pueda pasar algo, lógico!

Y entonces…¿cómo lograrlo?, ¿cómo lograr cuidar de la salud (física, emocional y social) de tu hijo sin morir en el intento?


Tu brújula: tus valores


Decía S. Covey, autor de "Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas" (también tiene la versión de "los 7 hábitos de las personas altamente efectivas") que hay que aprender a diferenciar cuando "lo importante" es "lo importante".

¿Cuántas veces gastamos nuestra energía en asuntos y cosas que no pueden esperar, que son imprescindibles... y , luego, nos damos cuenta que eso no es así?

¿Cuantas veces, haciendo algo que considerabas importante, te has sentido con un malestar interior sin saber bien por qué? 

Lo que a mí me llevo hace unos años a empezar mi formación en coaching fue precisamente ese malestar; yo sentía arañas picoteándome por dentro y no entendía que me pasaba y que me provocaba aquellas sensaciones tan desagradables. 

Hasta que descubrí el origen de todo aquello: no estaba siendo coherente, no estaba honrando mis valores.  Actuaba en contra de todo aquello que para mí era realmente importante.

Los valores son todo aquello que realmente es importante para ti, que te dirigen como una brújula, que te llevan a actuar de una determinada manera que internamente sabes que está bien y que te hace sentir estupendamente (sano y feliz).

Cuando eres capaz de identificar cuales son tus valores fundamentales, qué significan cada uno de ellos para ti y cómo se traducen en acciones concretas, consigues alcanzar un equilibrio en el que tus pilas permanecen cargadas.. 

No sé si existe la palabra "brujuleando", pero quería transmitirte la importancia de ir descubriendo a lo largo del camino, de la vida, cuales son  las cosas realmente importantes, las que te van marcando la dirección, las que te sirven de motor para avanzar, para crecer. 

Esos valores no son algo estático, a lo largo de la vida y en sus diferentes ámbitos pueden cambiar, sobre todo la prioridad que le das a cada uno de ellos.

Cuando te conviertes en mamá y quieres criar a tu hijo de la mejor manera posible, te vienen palabras a la mente de cómo quieres que sea: "honesto", "buena persona", "respetuoso", "divertido", "trabajador"...

¿Son esos realmente tus valores fundamentales?

¿Alguna vez te has planteado cómo honras tú esos valores que quieres para tu hijo?


Tareas


Te propongo que realices un primer acercamiento a tus valores.

En mis formaciones  y sesiones de coaching, utilizo como herramienta un juego de cartas llamado "El valor de los valores".  Contiene 51 valores y 3 comodines (por si prefieres algún valor que no aparezca en las cartas).

1º Accede en el siguiente enlace a la  lista MIS VALORES  

2º Elige tus 5 valores fundamentales: hazlo reflexionando qué significa para ti esa palabra. Hasta que tú no le des ese significado reflejado en acciones concretas, seguirá siendo solo una palabra, no un VALOR.

3º Con tus 5 valores fundamentales seleccionados: prioriza, dáles un orden de importancia. 

¡YA LOS TIENES!

¿De qué te has dado cuenta?